Siempre me gustó esa canción, la conocí siendo tan joven que no entendía que pequeñas cosas guardaba Serrat en el cajón para que le pusieran tan triste. Quizás monedas, billetes de tren, alguna fotografía antigua, un número de teléfono en la servilleta del chiringuito de algún verano, un papelito con un "te quiero" escrito...
Mi padre tiene su particular caja de pequeñas cosas donde guarda cartas escritas por sus padres, fotos de mi madre de hace cuarenta años, fotos mías con dos coletas, con una coleta, con lazos, con horquillas de colores y fotos de mi hermana con toda la gama de peinados posibles. También guarda una libreta con datos de su pueblo, Vélez Blanco, cartillas antiguas del médico, libretas de ahorro caducadas, billetes del tren en el que fue a la Expo de Sevilla, recortes de publicaciones en las que aparece mi foto o mi nombre. Son sus pequeños tesoros acumulados a lo largo de su vida.
Los médicos dicen que mi padre está en el inicio de empezar a olvidar esas pequeñas cosas. La medicina avanza muchísimo, por supuesto, pero no tanto como para curarlo. Últimamente me mira muy fijamente, en silencio, mira y mira. Yo finjo que no me doy cuenta, pero me pregunto si intuirá lo que pasa. A veces pienso que me está memorizando y la verdad es que soy yo la que lo memoriza a él.
Cada vez que pronuncia mi nombre pienso qué voy a hacer si lo olvida. Cada vez que me da un beso, lo retengo para alargar ese momento en el que los dos somos conscientes de que nos estamos besando, cada vez que pasa por mi lado y me tira de un rizo, como siempre ha hecho, quiero que el tiempo se pare ahí, en ese preciso instante en que mi padre se ríe y me dice: tienes el pelo ensortijado.
Estoy tan triste. Tengo tanto dolor, un dolor seco, profundo, que me acuchilla la garganta y me oprime el estómago. Un dolor con el que no contaba y que no se si seré capaz de resistir.
lunes, 6 de julio de 2009
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